
Juanjo Kaufmann
Tristeza de domingo sin tallarines ni familia. Perpetuada hasta el cansancio en palabras que no se dicen, en abrazos que no llegan. Tiempos de trabajo sin descanso ni pasión que llegan con sus noches cargadas de tensiones y ocasos sin amor. Esforzándonos por alcanzar un paraíso de plástico con patas de cartón.
Nunca soñamos esta historia y ahora la historia nos roba las ganas de seguir soñando. Los días se reproducen por clonación, con los altibajos propios de esta economía más de emergencia que emergente. Son ciclos y ciclos interminables, como anillos que atrapan a generaciones enteras. En mi casa nacemos predispuestos a la tristeza tanto como a morir por cáncer, problemas cardíacos o accidentes de auto. Ya nadie muere de amor.
Aprendemos de la oferta y la demanda, de probabilidades estadísticas tan frías como el contador de un político mafioso. Arriesgamos solo lo que podemos permitirnos perder y desconfiamos tanto que nos dejamos solos y somos tan oportunistas que ya nadie nos cree.
La oreja se lamenta porque nadie la escucha y los ojos buscan cualquier excusa para drenar la presión.
Juan Garay
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