Hasta hace un instante mi vida era perfecta. Todo se daba con una armoniosa monotonía. Los autos, las cosas, la gente, nada significaba demasiado para mi y con eso ya era feliz. Me había costado mucho construir esa coraza que me defiende de todo lo que me rodea y me hace prácticamente invulnerable. Pero una frase, solo unas pocas palabras suyas bastaron para destruir hasta las ruinas esa pequeña burbuja que con paciencia y esmero fui creando. Unas palabras escritas, un conjunto de letras afiladas y unidas de la manera exacta pudieron conmigo. Si no hubiese aprendido a leer jamás hubiera comprendido su significado y aun estaría en paz. Pero no, otra vez la ironía jugaba conmigo.
¿Qué pretende este caprichoso Dios? Primero me enfrenta desarmado a su mundo para disfrutar con mi dolor y una vez que comprendí su juego y me sentí parte de el, me muestra la llave para entrar al paraíso, porque sabe que mi conciencia no permitirá nunca que mi alma impura entre en el.
Otra vez el miedo y la desesperación, las noches de insomnio y el vacío infinito que continua creciendo en mi alma. Las horas pasan tan frías como el cuchillo que besó mis venas y mi vida se extingue gota a gota en un silencio tan profundo como la herida que se abrió en mi carne. Los colores me abandonan lentamente y voy quedando a oscuras. El frío se va al fin, casi no podía soportarlo. Me siento como en esos sueños en donde el cuerpo cae a un abismo sin alcanzar nunca el fondo.
Y ahora soy viento y susurro palabras en su oído. Y ahora soy luz y escribo sin cesar en el limbo, y soy lagrima también , que besa con ternura su mejilla y soy olvido después que asesina sin piedad.
Juan Garay
lunes, 17 de mayo de 2010
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