
Salomé Dascón
MARIPOSA ROJA Y QUIETA
Me encontraste sola, cabeza triste, recuerdos gritones (te encontré). Me siguen los pasos los mismos perros rabiosos de siempre, a pesar de vos, de tus letritas con sonido lejano y de la mariposa que te inventé.
Pido puteando un retazo ínfimo de felicidad, concreta y estable, aislada de todo aquello que no se le parezca. Una felicidad real, sin vidas condenadas a sufrir, ni inventos a propósito, ni infancia aturdida, ni culos rotos tan injustificadamente. Que el rato se alargue un rato más.
Otras cosas pueden ayudar, a pesar de la abstracción de las cosas.
No sé por que se quiebran las uñas, ni porque los vasos vacíos, en ciertas ocasiones, se vuelven torpes maquinarias. No entiendo el accionar de los movimientos que no tienen testigos, ni a los testigos que ven cuando algo se mueve.
Si se rebalsara la sangre que tenés adentro pintará un mural quieto, con olor a crimen, lleno de distancia irreversible.
A veces tomamos hasta el último de trago de amor que alguien causalmente nos sirve. Es rojo, aparentemente interminable, falto de hielo (caliente gota tras puta gota), áspero, dulzón, efímero a pesar de nuestro incesante “otra mozo”.
Todos los abrazos que te daría, juntos.
Todas las palabras que frente a vos pronunciaría, borrachas.
Cecilia García
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