Juanjo KaufmannEntonces, cierto domingo de diciembre, la misma ciudad, la misma calle. Algo quiso que se miraran, un relámpago de tiempo, una fracción de segundo, las miradas no se cruzaron, fue una gran colisión, uno viendo los ojos del otro.
Por la vereda corrían algunos papeles agitados por una pequeña brisa de verano, pesada, densa, palpable. Y ahí el niño mendigo chupando una naranja.
Por la calle la caravana de bocinazos, cada cual a su casa, a esperar la navidad. Y en el auto mas brillante la familia despreocupada, casi de publicidad, los cinturones puestos, y el niño, en el asiento trasero, con su helado preferido. Las manos limpias, la pilcha de los domingos, lo pulcro de los domingos. “No te manches la ropa con el helado”.
Ausencia de nubes, casi cuarenta grados, las hojas de los tilos esperando un soplo para poder moverse, y el niño mendigo esperando el sueño con ansias. Dormir sacaría el calor y el hambre. ¿Navidad? Sus manos mugrientas no la entendían. Alguna vez creyó en un anciano canoso y pipón, que parecía burlarse con una carcajada redonda saliendo desde las penumbras
de su barba de copo de azúcar. El viejo Noel saludaba desde la luneta del auto, golpeando su
cara rosada contra el vidrio donde estaba pegada la ventosa.
Su piel trigueña, era cobre bajo el Sol, y pensó que ese Sol tendría que ser el mismo en todos lados. Aunque su familia hablara de merecimientos a la hora de sufrirlo o disfrutarlo, cosa que no llegaba a comprender por completo, ¿Merecimientos
a la hora de nacer? ¿Cuánto merece un pesebre? La cabeza rubia y la blancura de su cara pecosa encandilaban reflejando los latigazos acalorados del Sol. Pronto se escondería tras los edificios mas altos, buscando su monótono destino del oeste. Y pensó que estaría mas fresco por la tardecita. Y que sus ojos ya no serían tan claros. Y quizá todos comerían en su casa y en cada rincón donde hubiera una boca hambrienta, sin depender del aniversario del nacimiento de
cualquiera.
Entonces chupó la naranja, casi seca ya.
Entonces el helado cayó sobre la bermudita de lino blanco.
Y ahí el estruendo. Sus ojos en contacto, los morenos del uno, los oliva del otro. Un puntazo en el espinazo para cada uno. Un chucho, un chancletazo que estremece, y corre por la espalda hasta la nuca. Sólo eso. Levantar la vista, chocarla con un espejo que devuelve irrealidades, bajar la cabeza y llevarse ese sacudón de hombros a casa.
Las manos sucias dejaron caer la naranja cuando la sombra le dio en la cara, entonces sus ojos de oliva no fueron tan claros y su pelo de virulana rubia limpió el pegote de las manos.
Los ojos de café no sintieron tristeza de manchar bermuda o tapizado. Solo se apretaron pensando en que su única preocupación era que hubiese Mantecol para esa noche. Y su cara
trigueña suspiró largo después de que su padre lo reprendiera por manchar el tapizado. “¿Qué te dije del helado?, cuidá la ropa te dije”, reprochó la madre. Curtida frase esa de que ellos son nuestro futuro.
¿Qué futuro estamos pensando?.
¿Merecimientos a la hora de nacer?.
Si queremos un futuro sin prejuicios, reconozcámoslos para poder sacarlos del frente de nuestra vista.
Víctor Abadie.
