Era viernes. Las manecillas del reloj marcaban las nueve de la noche cuando giró la llave y abrió la puerta trasera.
Paula entró a los gritos como siempre, aclamando por sus padres que acostumbraban mirar videos familiares hasta tarde todos los viernes. Tiró la mochila al lado de las escaleras y caminó hasta el living mientras le daba un mordiscón a la manzana que le había quedado de la merienda.
Este viernes de rutina había sufrido una notable modificación.
En el living lo único que estaba presente era el enorme silencio. El televisor estaba desconectado. Solo la luz tenue de las lámparas acompañaba a la muchacha de diecisiete años.
Sobre la mesita de vidrio, rodeada de confortables sillones, se hallaba una hoja con una nota. Paula encendió la luz principal y la leyó.
¡Si! -gritó- es viernes por la noche y estoy sola. Toda la casa es para mi.
Agarró el teléfono y llamó a su mejor amiga Florencia.
-Flor...hoy, fiesta en casa. Avisales a los demás- y colgó. Era tan grande la emoción que no la dejó hablar.
Ordenó algunas pizzas por teléfono y fue a bañarse.
Luego de unos minutos, ya vestida, recibió el pedido.
Lucía un vestido color negro con unos brillos y unos tacos del mismo color. Se recogió el pelo y comenzó a climatizar la casa.
Poco a poco iban llegando. La casa estaba repleta de jóvenes, el volumen de la música ensordecía. Todos bebían y bailaban.
Todo perfecto. Era la primera vez que Paula organizaba un evento como este en su casa.
Decidió sentarse y de repente un vago recuerdo se instaló en su pensamiento.
Quedó inmóvil.
Observaba todo y a todos. Ya no podía hacer nada. Lentamente una extraña sensación fue invadiendo todo su ser.
La casa estaba íntegramente oscura, en un sorprendente mutismo.
Una gran manta de sueño cayó totalmente en el edificio.
La casa estaba muerta.
Todo su cuerpo temblaba. La puerta se abrió. Dejó de temblar. Sus extremidades y su cara estaban heladas.
Sigilosamente su cuerpo fue tomando un tono pálido. Muy pálido. Les causaba temor mirarla. Ese contraste que hacia el vestido con su piel era atemorizante y aun así no podían evitar hacerlo.
Era el centro de atención, siempre quiso hacerlo y por fin lo había logrado.
Ella, en el sofá.
Ellos, a sus pies, llorando.
Los demás, acompañando el dolor de los padres.
Laura Pavón
miércoles, 12 de mayo de 2010
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