
Algunas reflexiones y un número encontrado de sensaciones luego de la sentencia del juicio por la tragedia de Cromañon. Rock, juventud y un mismo circulo vicioso como denominador común.
“Las calles y los edificios de mi Buenos Aires prendido fuego a la noche, cuando ruego por verte regresar...” (De “Todo eso”, Callejeros).
El veredicto
El pasado 19 de agosto, justo un año después de haberse iniciado el juicio por la tragedia de Cromañon, la Justicia argentina le comunicó a la sociedad su veredicto: 20 años de condena para Omar Chabán, condenado por ser coautor del delito de incendio doloso calificado por causar la muerte de 193 personas y lesiones a 1432; 1 año para su mano derecha, Omar Villareal, condenado por ser partícipe secundario del delito de cohecho activo; 18 años para el manager de Callejeros, Diego Algañaraz, condenado por se coautor del delito de incendio doloso calificado y por el delito de cohecho activo en calidad de participe necesario; 18 años para el ex subcomisario Carlos Díaz, condenado por el delito de cohecho pasivo (haber recibido coimas para no realizar el control policial) y por el delito de incendio doloso calificado en calidad de participe necesario; 2 años y 4 de inhabilitación para las ex funcionarias del Gobierno de la Ciudad, Fabiana Fitzbin y Ana Maria Fernández, por incumplimiento de los deberes de funcionario público. Por su parte, el ex funcionario del Gobierno de la ciudad Gustavo Torres, el ex comisario Miguel Belay y la banda de rock Callejeros fueron absueltos de los delitos de incumplimiento de los deberes de funcionario público, cohecho pasivo, estrago doloso seguido de muerte y cohecho activo, respectivamente.
Para el Tribunal los muertos en la tragedia- o más bien masacre- de Cromañon fueron 193, ya que llegaron a la conclusión de que Gerardo Rossi, a quien se consideraba la victima numero 194, en realidad había fallecido, según lo reveló su autopsia, de SIDA con inmunosupresión severa.
El 7 de marzo del año 2006 la Legislatura Porteña había sometido a juicio político a Aníbal Ibarra, destituyéndolo de su cargo. En agosto de 2007 la Cámara de Casación Penal sobreseyó al ex Jefe de Gobierno, considerando que no había tenido responsabilidad alguna en la tragedia.
Ya a fines del 2007, tres bomberos de la Federal y dos empresarios de locales nocturnos fueron condenados a penas de hasta cuatro años de prisión por coimas.
Sensaciones encontradas fueron las que se vivieron el día de la sentencia, fuera y dentro de Tribunales. Para la mayoría de los familiares de las victimas de Cromañon, reinó la injusticia, por lo tanto, conducidos por el dolor y la bronca, se hicieron escuchar, hasta donde pudieron, claro, porque fiel a sus hábitos, la policía optó por reprimir indiscriminadamente. Tirar al piso a un hombre que perdió a un hijo, ahogar a fuerza de gases a otro que no encuentra consuelo: esa es la verdadera injusticia, ese es el verdadero crimen. La Justicia actuó, mal o bien, pero emitió su fallo.
El veredicto
El pasado 19 de agosto, justo un año después de haberse iniciado el juicio por la tragedia de Cromañon, la Justicia argentina le comunicó a la sociedad su veredicto: 20 años de condena para Omar Chabán, condenado por ser coautor del delito de incendio doloso calificado por causar la muerte de 193 personas y lesiones a 1432; 1 año para su mano derecha, Omar Villareal, condenado por ser partícipe secundario del delito de cohecho activo; 18 años para el manager de Callejeros, Diego Algañaraz, condenado por se coautor del delito de incendio doloso calificado y por el delito de cohecho activo en calidad de participe necesario; 18 años para el ex subcomisario Carlos Díaz, condenado por el delito de cohecho pasivo (haber recibido coimas para no realizar el control policial) y por el delito de incendio doloso calificado en calidad de participe necesario; 2 años y 4 de inhabilitación para las ex funcionarias del Gobierno de la Ciudad, Fabiana Fitzbin y Ana Maria Fernández, por incumplimiento de los deberes de funcionario público. Por su parte, el ex funcionario del Gobierno de la ciudad Gustavo Torres, el ex comisario Miguel Belay y la banda de rock Callejeros fueron absueltos de los delitos de incumplimiento de los deberes de funcionario público, cohecho pasivo, estrago doloso seguido de muerte y cohecho activo, respectivamente.
Para el Tribunal los muertos en la tragedia- o más bien masacre- de Cromañon fueron 193, ya que llegaron a la conclusión de que Gerardo Rossi, a quien se consideraba la victima numero 194, en realidad había fallecido, según lo reveló su autopsia, de SIDA con inmunosupresión severa.
El 7 de marzo del año 2006 la Legislatura Porteña había sometido a juicio político a Aníbal Ibarra, destituyéndolo de su cargo. En agosto de 2007 la Cámara de Casación Penal sobreseyó al ex Jefe de Gobierno, considerando que no había tenido responsabilidad alguna en la tragedia.
Ya a fines del 2007, tres bomberos de la Federal y dos empresarios de locales nocturnos fueron condenados a penas de hasta cuatro años de prisión por coimas.
Sensaciones encontradas fueron las que se vivieron el día de la sentencia, fuera y dentro de Tribunales. Para la mayoría de los familiares de las victimas de Cromañon, reinó la injusticia, por lo tanto, conducidos por el dolor y la bronca, se hicieron escuchar, hasta donde pudieron, claro, porque fiel a sus hábitos, la policía optó por reprimir indiscriminadamente. Tirar al piso a un hombre que perdió a un hijo, ahogar a fuerza de gases a otro que no encuentra consuelo: esa es la verdadera injusticia, ese es el verdadero crimen. La Justicia actuó, mal o bien, pero emitió su fallo.
Los jóvenes y la cultura del rock
La tragedia de Cromañon tiene un sinnúmero de lecturas; al respecto de ésta podemos hablar del sistema corrupto que permitió que el boliche funcionara normalmente en pésimas condiciones, del abandono por parte del Estado para con el cumplimiento de sus roles, es decir, podemos hablar de la desidia estatal. Podemos mencionar, porque no, a las bengalas y al rocanrol. Podemos hablar de culpables y de responsables...Pero en este caso, el objetivo de estas líneas es hacer referencia especialmente a los jóvenes y a la cultura del rock que hace ya tantos años nos viene representando como generación. Históricamente, el rock en nuestro país ha servido para denunciar al sistema, para desahogar penas, para que tantísimos jóvenes tuvieran, en la voz rasposa de un rocanrolero, la posibilidad de elevar un grito a cielo abierto. Miles y miles de gritos desoídos. Cúmulos y cúmulos de rabia atragantada. Elegir escuchar a una banda de rock significó, para muchos de nosotros, nada más ni nada menos que eso: poder elegir, elegir sin que ningún poder hegemónico manipule nuestras opciones. Y ésta elección simbolizó para nosotros los jóvenes un verdadero acto democrático que en las urnas no pudimos conseguir: votamos por Los Redondos, por La Renga o por Los Piojos, -según cada caso-, para que nos representaran como ciudadanos de un país sin referentes, de una tierra sin políticas serias, de un mundo irremediablemente aburguesado y cruel.
Pero a su vez, el rock argento dejó de ser rebelde, hace ya un tiempo y muy a nuestro pesar, porque nadie es del todo contestatario cuando aprueba y alimenta un círculo vicioso tan perverso como aquel en el que las bandas se veían obligadas a entrar: sin lugares para tocar, perseguidos por la necesidad de vender entradas y de “pegar” una canción en la radio, no importaba meter 5000 personas en un lugar donde solo entraban 3000. ¿Qué objeto tiene hablar de lo podrido que está el sistema cuando el que firma esas canciones acaba de cerrar un contrato millonario con una empresa discográfica multinacional?. En otra oportunidad, no me hubiese animado a hacer esta afirmación, porque hablar mal del rock, era como hablar mal de mi generación, de nuestros ideales, de nuestros referentes. Pero, inevitablemente, uno crece y se da cuanta de que hay, (como cantó hace un tiempo Iván Noble, presagiando tal vez, su propio futuro) “campeones besando remeras prestadas” y “rockers domados como pekineses... y así estamos nosotros, rebaños de momias sin rey”.
Los miembros de Callejeros no supieron salir a tiempo de esa trampa mortal en la que decidieron entrar y alimentar con nuestras canciones -por que eran nuestras también-. El circuito “under”, o en idioma barrial, “empezar de abajo”, implicó para la banda recorrer un camino no siempre fácil, que vertiginosamente los llevó a aumentar el número de espectadores de sus shows, de la mano de “Una nueva noche fría en el barrio” sonando en las principales radios. Y de ahí, poco margen quedó para el disfrute del objetivo logrado. El rock y los demás rockeros, de repente, se lavaron las manos, se convirtieron en hipócritas profesionales. Nadie defendía ya a las bengalas, a nadie le podría haber pasado, todos miraban para otro lado.
La socióloga Maristella Svampa afirma en uno de sus ensayos: “Cromañon ilustra el cruce perverso entre la precariedad como forma generalizada de las relaciones sociales, y el proceso de exclusión de la juventud, concebida como población sobrante”. Por un lado, la situación de emergencia institucional y administrativa que reina en el país, por el otro, la falta de contención por parte del Estado para con los jóvenes, quienes, a pesar de no saberse incluidos en ninguna estructura social, abandonados por el Estado, desprotegidos de lazos de solidaridad y protección, fueron autodidactas a la hora de aprender sobre como ponerse en el lugar del otro: el 40% de los jóvenes que murieron en Cromañon entraron a local a salvar gente. Este es un dato que no fue incluido en ninguna estadística oficial , un dato que ninguna consultora supo analizar. Las frías intenciones de voto que muestran los diarios suelen dejar de lado datos vitales en el mapa político y social del país.
Pablo Blanco, papá de Lautaro, fallecido en Cromañon, y de Mailín, sobreviviente de la tragedia, supo manifestar que “Cromañon es la síntesis trágica de una forma de construcción social en la Argentina que tiene que ver con el descuido de los jóvenes. Esto nace en el descuido a la educación, a la salud, con un Estado asociado a los empresarios. Por donde uno camine está Cromañon. Los pibes perdieron el valor de la vida y tienen practicas riesgosas con su propia salud, inconscientemente, pero una sociedad adulta que no cuida la vida, menos la van a poder cuidar los jóvenes”.( Diario El Popular; 9 de octubre de 2005).
El 30 de diciembre de 2004, cuando en Republica de Cromañon se inició el fuego, Callejeros estaba tocando una canción que en su estribillo dice: “A consumirme, a incendiarme, a reír sin preocuparme, hoy vine hasta acá a tapar mi ingenuidad con un poco más que sal, me quiero quedar...”. Ironía del destino, ironía de vaya a saber quien, para aquellos que no creen ni en la suerte ni en ningún santo.
Lo que realmente alarma hoy, a casi 5 años de la masacre de Cromañon, es que el estado de situación no ha cambiado para bien. La corrupción y la desidia siguen latentes, sostenidas por la falta de memoria y por la irresponsabilidad.
Todos somos victimas de Cromañon, porque Cromañon es a su vez una cínica metáfora de la Argentina. Nuestro suelo está íntegramente marcado de manos desesperadas queriendo salvarse del fuego. Desesperación por salir del desamparo, del desacierto cotidiano de no saber que futuro nos tocará, o cual es el futuro que nos queremos forjar. Quisiéramos abrir la puerta y rajar de la triste realidad, pero, lamentablemente, ningún rocanrol nos va hacer olvidar de faltan 193 voces agitando el carnaval. Ningún ritual va a permitir que encendamos esas luces pálidas que nos hacían brillar. Ningún corazón se repondrá del hueco que nos habla de esos que nos miran atentos pero que ya no están.
M. Cecilia García.
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