Yo la traje al mundo muerto. Ella comenzó a remontarse en una tierra seductora, que cambiaba el sentido con cada abrir y cerrar de ojos. Estaba turbada. Desconocía.
Ni un miserable insecto. Única. Sentada en una silla en medio del parque. Los árboles semejaban estar aniquilados, el viento ausente, y el sol... al sol no lo recordaba, aunque había luz, nunca lo había visto.
Comenzó a peregrinar, acaricié su alma. Poco a poco la brisa me sugirió que no la dejara ir. A lo lejos se escuchaba el himno de los cuervos y más lejano aún, el chocar de las aguas descompuestas que mecían brutalmente algunos cadáveres de animales. Ernestina se sintió atraída por el golpeteo y empezó a buscarlo hasta que no lo escuchó más.
Ahora, el aullido de los lobos hambrientos y mi desesperación por tocarla, la acechábamos.
Lloró. Su agitada respiración era la mía. Sin embargo recorrí inescrupulosamente sus venas. Seduje uno a uno sus órganos.
El útero le ardía.
Se puso de pie, secó sus lágrimas, se restregó los ojos y lo sentí. Corrió. La oscuridad era extrema.
-Ella se caerá- me dije.
Todo fue tan repentino que no pude sujetarla. La tenía en mis manos, pero se esfumó como el humo de un cigarrillo en el aire.
Fue en ese instante que deduje que este hombre un tanto pervertido, ya no era el de sus sueños.
Sí, Ernestina había despertado.
Laura Pavón.
miércoles, 2 de junio de 2010
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