
María Antonia murió vistiendo de rosa, como vistió toda su vida.
La primera vez que había visto el cielo respiró tan profundo que pensó que estallaría, pero en vez de reventar dejando restos de su ser desparramados exhaló y volvió a inspirar, disfrutando cada mililitro del aire campestre que inundaba su cuerpo.
Después aprendió a arreglárselas sola, y pucha que lo hizo.
Alguna vez la abrazó la soledad y sintió tristeza, otras veces, el mismo abrazo le dio tiempo de reflexión.
Se estremeció de hambre y se sintió satisfecha.
Más de una vez pudo escapar ágilmente de alguna mano malvada o abusiva, y poco menos de dos veces sintió que la miraban con admiración. Conoció el orgullo y no así la vanidad. Supo de amor y de desengaño. Crio hijos sola, hasta que los vio volar en su apresurada partida.
Poco antes de morir supo que había sentido el aroma de las flores más hermosas del campo. Y al expirar comprendió que no estaba nada mal para ser la vida de un día de una extraña mariposa rosada.
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